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Descripción

Luis Eduardo es terco y tiene la risa de un niño pícaro, aunque está alcanzando los setenta años. Con la experiencia de estar metido en la caficultura desde el año en que asesinaron a Kennedy, cuando le pagaron 5 pesos por su primer jornal en campo, le costó aceptar las innovaciones que Barner, su hijo mayor, quería introducir a la producción de Buenos Aires, la finca cafetera familiar que había comprado en el 2000 y en la que tenía todo invertido.

“Nosotros sólo cultivamos café. Y en lo que nos metemos, nos metemos de narices, para hacerlo bien”, dice Barner con orgullo mirando a su padre a los ojos ocultando una sonrisa de complicidad, recordando lo complicado que fue convencerlo de tumbar la mayor parte de Colombia Amarillo que había sembrado en esa tierra para llenarlo de Castillo Naranjal, una variedad híbrida de arábiga de la cual se hablaba mucho, pero con la cual no habían trabajado antes.

El riesgo era alto para Luis Eduardo. Ya una vez, al momento del rompimiento del pacto cafetero en el 89, su negocio se había venido abajo, habían tenido que vender las tierras y dedicarse a otros oficios, y el mercado desde entonces había sido inestable para los productores medianos como él, como para ponerse a jugar con ese nuevo proyecto para el que había ahorrado por más de una década.

Pero Barner es digno hijo de su padre y empujó hasta demostrarle que en esa tierrita en Salento, en medio del Quindío Colombiano, en donde la brisa refresca los cafetales, se daría oro si unían sus conocimientos.

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